La serie toma el reflejo sobre la superficie de los automóviles como estructura central de la imagen. Capós, parabrisas y carrocerías funcionan como planos reflectantes en los que la ciudad aparece desplazada, duplicada o fragmentada.
El reflejo no devuelve una reproducción neutra del entorno. Las superficies curvas cortan, invierten, comprimen o deforman aquello que reflejan, generando una imagen ambigua en la que se vuelve incierta la relación entre fondo, superficie y representación. La fotografía se organiza a partir de esa inestabilidad: lo que aparece frente a la cámara y lo que se proyecta sobre el auto conviven dentro de un mismo campo visual sin afirmarse del todo como órdenes separados.
Las correspondencias entre colores, textos, líneas, volúmenes y formas son parte constitutiva de la serie. El encuadre no registra simplemente un reflejo encontrado, sino que articula relaciones precisas entre el automóvil, la imagen reflejada y el espacio circundante. La repetición de ese procedimiento convierte a la ciudad en una materia visual sometida a desplazamientos continuos.
El color ocupa un lugar decisivo. En algunos casos organiza la totalidad de la imagen; en otros, dialoga con contrastes, sombras y estructuras arquitectónicas. En todos, el reflejo deja de ser un efecto secundario para convertirse en el principio constructivo de la fotografía.